viernes, 29 de diciembre de 2017

Alemania triste.



A veces tengo miedo.

Y hago un repaso mental de todas las personas a las cuales quiero.



Pienso en sus caras,

en cómo suenan sus nombres.




Pienso en algo que ellos dicen, o dijeron, o dirían.

Los imagino haciendo una pequeña acción característica.




A veces pienso en las personas a las cuales quiero mucho, y hago un repaso de ellos. 

Hago un repaso mental de su esencia: en uno o dos sonidos, con una o dos imágenes.





Tengo mucho miedo de no recordarlos algún día. A todos los que quiero.

Y no habló de un olvido pasajero, un olvido aparente. Habló de un olvido en serio. Un olvido real.


Tengo miedo de olvidar sus voces, de olvidar sus caras.






Tengo miedo de olvidar a las personas a las que quiero; y que ya no estén más; y quedarme sola. Sin su presencia, sin su recuerdo, sin su esencia.



Tengo miedo de quedarme sola con el olvido.



viernes, 22 de diciembre de 2017

45 centímetros de abismo


Te extraño. Te extraño horrores. 

Te extraño horrorosamente.

Te extraño injustificadamente,

si en realidad estás acá nomás, justo al lado mío, del otro lado de la cama.


Parece.

Parece que estuvieras justo a una almohada de distancia,

pero sólo parece, engañás a cualquiera que te vea así...

Porque parece que estuvieras tan cerquita, justo acá al lado,

y quién sabe dónde estarás realmente.


jueves, 21 de diciembre de 2017

Sueño.


Quisiera que vuelvas a sacudirme el piso

(como jamás lo hiciste)

Ser humano.


El problema,

No está en el error.



El problema,

Está en la reincidencia consciente.



sábado, 17 de junio de 2017

Pareja despareja.


Se supone que esto no es una competencia,


pero entre nosotros


siempre sos vos el que gana.




Qué hipócrita que parezco...

Yo no quiero ganar,

porque no es una competencia,

pero quiero dejar de ser

la que pierde siempre.












De todas maneras, qué fácil que parece hablar de tus responsabilidades ausentes, de tu actitud irrespetuosa, fría y enajenada...
Pero es más fácil hablar de eso, que hablar de la parte que me toca a mí: hacerme respetar.

A veces pienso que soy benevolente y sólo estoy dándote tiempo para que te des cuenta (repitiéndotelo mil veces, aunque no escuches).

Otra veces sólo creo ser una triste mártir, incapaz de darse cuenta que no hay semillas en esa tierra.


miércoles, 10 de mayo de 2017

Hola.









A veces es extraño volver a esta, mi propia casa, Supernova.



Pero es como esas amistades de lejos: 

parece que no hubiera pasado ni un sólo día.






Sobre las intermitencias.


Siempre me encantó hacer los borradores a mano de todo lo que escribo.

La lapicera apurada; las manos manchadas con tinta; la textura del papel y las cicatrices que le quedan; la caligrafía caprichosa e histriónica.


Pero llegó un punto en el que no me alcanzaba la mecánica, digo, lo analógico...

Así que directamente empecé a usar un procesador de texto virtual. Me aportaba la posibilidad de plasmar las ideas, pensamientos y cosas sueltas a una velocidad atroz, casi diría en tiempo real. 
No importaba si las oraciones quedaban incompletas; no importaba si el orden era el adecuado. Todo se podía reacomodar, completar, redondear al instante.

Y sin embargo, hubo un día en el que la computadora dejó de servirme, pese a los claros beneficios de su tecnología.

Las palabras empezaron a quedar cortas; las oraciones merecían miles de aclaraciones; los pensamientos empezaban a requerir títulos, rótulos, asteriscos, paréntesis. Demasiadas comas, puntos, comparaciones, ejemplos, líneas, párrafos. El vacío y brillante blanco de la hoja, quieta, allí el monitor casi parecía una falta de respeto. El enfoque simplemente se alejó de la escritura. El pensamiento se liberó del formato; del soporte físico.

Entonces llegó ese punto en mi vida, en el que dejé de escribir, y empecé a pensar más.

No porque antes no lo hiciera, sino porque empecé a pensar más, todavía. A un ritmo ya casi imposible de bajar en palabras, al menos en tiempo real.

Y eso no significa que me haya dejado de gustar escribir...

Quizás es porque tengo poco poder de síntesis, no sé. Pero hay veces en las que no escribo, porque siento que si lo hago, debería escribir -por lo menos- trescientas o cuatrocientas páginas para dejar algo (más o menos) en claro. O siento que debería escribir tres días seguidos para poder encontrar cómo darle la vuelta, cómo darle forma a todo lo que tengo en la cabeza.



Uno puede pensar que, en este mundo donde ya está todo inventado, donde ya está todo dicho, donde ya está todo revelado, donde ya está todo opinado, donde ya está todo masticado, casi cualquier cosa puede charlarse, comentarse, escribirse... Pero hay cosas que no se pueden decir con palabras. Hay cosas que no se pueden expresar con palabras. Hay cosas que no se llegan a sentir ni escribiendo cuatromilseiscientostreintaycinco caracteres.

Entonces, en esos momentos en los que siento eso, dejo de escribir.


Lo malo es que después se me hace costumbre. Y abandono por largo tiempo. Empiezo a manejar un volumen de información mental tan grande, que se torna cada vez más difícil retomar la escritura donde la había dejado; retomar el hilo de palabras que se asoman a intentar expresar algo (más o menos) parecido a lo que tengo en mente. Se hace un ovillo tan apretado y complejo, que para empezar a desenmarañarlo necesito demasiada concentración y análisis; es casi como empezar a escribir de cero.


No es que no quiera escribir. Es que a veces no existen las palabras para expresar lo que siento.


Pero siempre vuelvo...