domingo, 31 de enero de 2010

salmoniforme.


Nada más desagradablemente bizarro, y espásticamente embriagador,
que el olor de unos guantes de látex

acariciando

peinando

despinando

un salmón rosado,
grande
y
fresco.

jueves, 28 de enero de 2010

Qué pena! (Qué pena?)



El cuerpo está caliente todavía, pero juro que yo no lo maté.

O 'la' maté. La verdad no sé siquiera qué aspecto tenía, porque tiene la cabeza cortada. Aunque yo tampoco se la corté-

Lo único que pretendo hacer es cortarlo en pedazos. Y sí, porque es muy grande para guardarlo en donde sea. La mejor forma de guardar un cuerpo de este tamaño, sería cortándolo en cuatro u ocho trozos.

Afilo el cuchillo. Corta. Lo afilo un poco más. Sí, corta.
Traspaso su espalda, desde la nuca, rasgando hacia abajo, por los costados de su columna vertebral. No sé si es por el buen filo, o porque la carne está muy tierna, pero la verdad es que pensé que sería un trabajo más difícil.

Prosigo, pensando en abrirle el pecho por las costillas, como si fuera una mariposa muerta. Pero se resiste. El esternón es muy duro.
Busco mi serrucho: ahora sí voy cortando un poco mejor, aunque haga bastante más ruido y salpique algo de sangre.
Una mano en cada grupo de costillas: no te resistas, abrite.
Rompete, quebrate.

Debería partirlo en dos mitades, para que me sea más fácil cortar el resto de los pedazos.
Nuevamente tomo el cuchillo por el mango, y recorro con la punta navaja su columna, pero esta vez del lado de las vísceras... del lado interno, desde la garganta hasta la pelvis. Cierto que habría que dislocar la cadera. Nuevamente, preferiría que no te resistas; abrite como un libro, como una enciclopedia que cuenta cómo se destroza un cuerpo de manera sencilla y sin causar mucho alboroto.

Cada una de sus dos mitades sigue tibia, tan tibia como la sangre que chorrea sobre mi ropa. Tibia como el sudor que comienza a aparecer en mi frente, por el esfuerzo y el nerviosismo de estar tardando tanto, y que alguien me vea haciendo esto, pensando que no estoy preparada para ejecutarlo.

Todavía no tengo la cantidad de pedazos que quisiera, por ende, empiezo por cortarle los brazos. No me sirven para nada, son muy flacos. Corto, tiro.
Piernas? Puede ser. Corto las dos, dejándolas a un lado.
Su pecho parece un xilofón roto y animal, casi bruto, aunque se nota que era joven y tenía buen estado de salud. Su carne es tierna y oscura, suave. Su piel todavía tersa, nívea.

El trabajo siguiente requiere afilar nuevamente mi cuchillo. Luego, pruebo su filo en cada una de sus costillas, separándolas una por una. Es como si todavía tuvieran vida, y estuviesen asustadas; es como si quisiesen salir volando de su pecho abierto. Pero para mí es divertido, y sé que pronto va a caber en un lugar mucho más pequeño, y pasará casi desapercibido; menos víctima, menos fresco y sangrante.

Todavía conserva su fina piel, y me molesta que la tenga puesta. Debería habérsela sacado antes. No importa, empiezo a cortajear todas las partes de su cuerpo ya casi tan frío como la mesada de acero inoxidable sobre la cual trabajo.
Una vez que ya veo su carne oscura en todos los trozos que he obtenido, me doy por satisfecha.
Además tengo calor, y estoy cansada.
Voy a lavarme las manos para eliminar evidencias de la pseudo masacre que parece haber tenido lugar aquí.




De todas formas

insisto,

yo no maté a este cordero.


Alguien lo hizo hace unas horas y me lo trajo.

Por mi parte, soy sólo una pequeña cocinera despostándolo, para cocinarlo más tarde.-



friedrich wilhelm.

...y Zaratustra y el viejo intercambiaban opiniones. El hombre era algo tan imperfecto que no se lo podía amar.

"El amor al hombre lo mataría..."




miércoles, 27 de enero de 2010

homogenic


(y) puta madre
cuando no lo merece
y aún así,
nos afecta desde el pie
hasta el último verbo.