domingo, 21 de febrero de 2010

veintitrés ases



y de repente, me di cuenta que ese auto me estaba siguiendo.

Entonces entendí por qué habían estado tras mis pasos durante toda la semana. Hacía menos de un mes que tenía el dichoso diamante en mi poder, y la verdad no vacilaba en exponer el hermoso collar que lo portaba. Finalmente, ellos se habían dado cuenta.

Sin perder un segundo, logré evadir el móvil, y velozmente entré por la enorme puerta de vidrio del hotel; saludé al bellboy con un leve movimiento de cabeza, y subí directo al piso donde estaba el departamento de James.

Ese día, yo iría de acompañante. Jugaría con todos a un juego, distinto al que todos jugaban.

Entramos al oscuro y sensual casino, y nos sentamos en la mesa de Blackjack junto a los otros caballeros. Quizás por ser la única mujer allí presente, o quizá por el diamante, o quizá por el vestido, la mayoría dejó por la mitad la pitada de sus cigarrillos, para girar levemente la cabeza y mirarme. Claramente no me importaba, yo estaba con James, y punto. No tenía otra cosa en mente (para hacer allí), más que acompañarlo, y que se sintiera respaldado.
Bueno, eso, y vigilar disimuladamente la petaca de veneno que todos sabíamos, Jimmy Joe Jr., siempre llevaba consigo.

Luego de unas cuantas manos ganadas, algunos Rob Roy demasiado dulces, un par de cajas de cigarillos y unos preciados veintiunos, me di cuenta que había prestado mínima atención al juego de cartas, al veloz croupier, y a las miradas asesinas de los caballeros sentados al lado nuestro.
Mi atención desvariaba entre la brillante y mortífera petaca de JJJ, y el cuello níveo y millonariamente perfumado de James.

Yo estaba hasta (casi) feliz de estar allí, en una forma algo bizarra, sintiéndome cómplice, y sabiendo que controlábamos la situación. Estaba relajada y algo tentada.
Tentada por saber que a él no le importaba el diamante en mi cuello, sino mi propio cuello. En todos los sentidos.

Y me hizo sentir bien, sexy, e interesante, el estar sentada sobre el rojo taburete aterciopelado, intercambiando miradas perspicaces con mi compañero.

Porque ese día, yo no era cualquier chica. Ese día, yo era la chica de James Bond.-


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