lunes, 1 de marzo de 2010

fin del fin. inicio del principio.


...la primer cosa extraña que me sucedió ese día fue que, de pronto, yo estaba quietita y callada, a punto de cantar el himno nacional argentino. Y a partir de ahí, todo sucedió muy rápido.

Lo primero que pensé, fue que la última vez que había estado en ese mismo contexto (intentando contener la risa, y tratando de ocultar mis ganas de bailar al ritmo de las trompetas, como me pasa siempre que tengo que cantar el himno) había sido hace mil años. O al menos, así lo sentía.
Recuerdo que todavía estaba en el colegio, terminando la secundaria, y pensando que iba a empezar una nueva y aaaamplia etapa en la que me sucederían miles de cosas. (Y así fue.)

Sin embargo, este día en el que yo estaba cantando el himno, parada al lado de un puñado de alumnos y un ramillete de profesores, a pesar de que el contexto era el mismo que aquel día en el colegio, las cosas eran completamente distintas.


Me estaba recibiendo.


Pero... si habían pasado tan sólo dos años desde que empecé a pagar la matrícula. Dos años? Dos años!

Uno puede decir: "dos años, blah, no es nada!".
Pero por otro lado, "dos años" es suficiente tiempo para que pasen UN MILLON de cosas.

Y así fue.

En estos últimos veinticuatro meses me pasaron miles de cosas, y además, completamente diferentes, opuestas.

Pasé de pelo largo a pelo corto. De un color a otro. Pasé por varios estados civiles y diversas situaciones amistosas y familiares. Viajé. Me quedé quieta. No paré de correr. No dormí. Me dormí despierta. Me pelee, me arreglé y me volví a pelear. Extrañé, ansié, recordé, e intenté olvidar otra vez. Me amargué con estados de salud preocupantes, y disfruté de gloriosas explosiones de buena salud. Ahorré. Gasté. Invité y me invitaron. Armé, rompí, y empecé a armar otra vez. Sigo rompiendo... Sigo armando... Conocí un lugar increíble, y me fui. Conocí otro, también me fui. Sigo buscando lugares increíbles, para no irme. Olvidé. Aprendí. Cedí. Me impuse. Fui niña. Fui mujer. Sigo siendo ambas. Trabajé, renuncié, y trabajo de nuevo. Abandoné trastos viejos, y acumulé trastos nuevos. Sigo siendo la misma, y cambié un montón. A veces me perdí, y después me volví a encontrar. Y a veces me pierdo todavía, pero siempre que me pasa, sigo intentando encontrarme.



Sin embargo (mientras todavía cantábamos) en vez de estar haciendo esta revisión, no sólo de mi vida, sino también de mi carrera gastronómica, estaba completamente absorta en un cartel del instituto. Y en vez de estar planeando mi futuro, estaba contando la cantidad de letras "O" que había en ese puñado de palabras.

Y había cuatro.


Claro, a la coneja escritora no me la saca nadie de adentro.


Por supuesto que sí estaba haciendo una especie de resumen inconsciente de todos los acontecimientos que habían tenido lugar en esta pequeña fracción de tiempo, medida en seminarios, clases, matrículas, viajes en colectivo, boletos de tren, días de lluvia con cuadernos a cuestas y mucha paciencia, salsas y especias.
Pero en ese momento, no podía controlar mi cabeza y decir "listo, terminé esta etapa". Tenía la mente dispersa en cosas banales y en el fondo me costaba creer que me hallaba donde me hallaba.

Un muy lejano atisbo de conciencia, me hacía ver que en ese momento, no sólo empezaba una amplia etapa en la que me pasarían miles de cosas, sino que yo también tendría que hacer que las cosas pasaran.

Muuuucho esfuerzo, sí.

Sangre, sudor, dinero, quemaduras, desperdicios, desechos, alimentos, ingredientes, lágrimas, risas, papeles, lapiceras, exámenes, monedas, filminas, apuntes, mesadas, harina, sal y vino.

Todo eso, y más, me había hecho llegar hasta donde estaba ese día. Y sin darme cuenta, había crecido.



* * *


Aunque quizá hoy me mire, y a veces me vea a la deriva (pensando que todavía me faltan millones de cosas por ser y hacer, y que el tiempo corre muy rápido para intentar hacerlo todo), si comparo con lo que YO era al inicio de aquel período de veinticuatro meses, puedo ver claramente que hay muchas cosas que antes no tenía idea que existían, y hoy en día las tengo más que incorporadas.
Si todo eso puede suceder en dos años; entonces en diez, calculo que me van a pasar muchísimas otras cosas increíbles. Y en veinte, yo voy a hacer que pasen millones de cosas extraordinarias.
ESO es crecer. Es caminar, correr, o lo que sea, pero moverse hacia adelante. Y hacia arriba.



Porque así sucede.
El tiempo corre, pero uno también está corriendo con él.







Y nunca vamos a parar,

ninguno de los dos.




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