domingo, 18 de julio de 2010

k, de kirsch (y de kitsch)




[...]
Fundamental, contar con una mujer. No cualquier mujer: una que tenga nombre. Una mujer a la que se ame o se quiera amar. A la que se desea seducir y ella quiere dejarse seducir. Que sea libre, tremendamente libre.

Invítela a cenar.

Prepare el ambiente. Limpie la cocina. Prepare la mesa. Ponga un mantel con dibujos de flores de colores vivos, en un fondo con el tono de sus ojos cálidos.
Tenga los ingredientes a mano. Recupere alguna caquelón*, haga brillar su cobre exterior y su acero interior. Elija los mejores pinchos. Uno celeste, por cábala. El otro rojo.
Antes que suene el timbre, tarea masculina, tome un tenedor y pinche un ajo y proceda a frotar el interior del recipiente.

Cuando ella llegue, después de las aclamaciones, descascare el pedazo de gruyere, el sublime queso de los agujeros que seleccionó. Haga lo mismo, con la porción de enmenthal. Corte un bocado de cada uno y hágaselos probar, llevándolos asidos por sus dedos a la boca de ella. Deje la mano en su rostro e intente una suave caricia de complicidad.
Comience a rallar los quesos, obteniendo escamas gruesas. Pídale que concluya esta tarea, como una forma de incorporarla al proceso culinario. Encárguese de mezclarlos.
Mientras tanto usted ha cortado el pan, de tal manera que cada trozo conserve una pared de dorada cáscara. En cubos, el jamón horneado y la pechuga de pavita (hay que jugarse).

Ponga la caquelón al fuego suave, que a fuego lento se cocina para el amor. Arrójele un buen vaso de vino blanco y un poco de jugo de limón.
En una copa, sirva un poco de ese vino y compártalo con ella. Es un buen momento para intentar un beso, que sólo roce los labios y se repita insinuante en el cuello.

No deje que hierva, ni usted, ni el líquido del recipiente.

Cuando se forma una espuma ligera, incorpore un puñado de la mezcla de quesos. Deje que se disuelva revolviendo con una cuchara de madera. No, así no. Suavemente, dibujando un ocho.
Haga que la mano de ella tome firme el mando y se deslice junto a la suya, en el dibujo de ese ocho perfecto. Cuando se ha fundido todo, agregue otro puñado y otro, hasta que todo el queso se ha vuelto una unidad cremosa. Es allí el momento sublime en que debe hacer su entrada el kirsch.
Cuéntele -si no sabe- que es un aguardiente de cerezas, que se hace desde el siglo 17. Miéntale, con complicidad, que usted buscó personalmente las cerezas, en la Plaza Mulid al-Nabí, donde Yamina, la del Jardín de las Caricias, las ofrece en un cesto. Y, como recomienda el anónimo árabe, usted entone esa canción de los jardinenos de Hedjaz: "No todas las cerezas están en los cerezos / puesto que tu boca es una de ellas". Y la besa, con un beso profundo, pero no prolongado.

Disuelve la fécula de maíz en la medida de licor y lo añade, mientras sigue dibujando ochos perfectos. Un toque de pimienta negra y nuez moscada. Deposite el recipiente y su contenido en el calentador encendido con llama tenue, en el centro de la mesa. La luz es tenue como la llama. Las copas brillan con un vino rosado frío y transpiran insinuantes.
Con su pincho atraviese la corteza del trozo de pan y lo hunde en la paste suave, lo gira para que el queso se acomode y lo deposita en la boca de ella. Luego, cada uno con su pincho va comiendo, dejando que el placer de la comida y la bebida haga crecer el amor, la ternura, la satisfacción, la risa que no cesa. Lentamente, mientras se habla.

Ya saciados, no se apresure, nos damos un descanso, para concluir rescatando la costra crocante de la mezcla celestial en el fondo de la caquelón, oportunidad única de descorchar un nuevo vino. Las manos se entrelazan, se sobreponen sobre la mesa; abajo, los pies desnudos se vuelven traviesos.

Ahora, clausuramos la aventura gastronómica echando en copas nuevas, un trozo de hielo, que hacemos girar hasta que el cristal se enfríe y en ella vertemos una medida generosa del kirsch helado. Es el momento exacto de incorporar el concepto de kitsch, en su acepción estética de cursi, al aguardiente de cerezas, diciéndole con Sandro, por ejemplo: "quiero llenarme de ti". O con Valladares, abolerado: "insaciable, yo soy insaciable / como fiera que ahora quiere la sangre / de tu corazón".

Sonría.

Kitsch y Kirsch, en armonía momentánea. Siempre hay una porción de kitsch en la seducción.

Deje la ventana abierta.

Oliverio Girondo se encargará de relatar: "Se miran, se presienten, se desean, se besan, se desnudan, se respiran, se acuestan, se olfatean, se penetran... se fascinan".





por Luis Rodeiro, para 'Diccionario, Revista de letras' (tomo 4).








*caquelón: recipiente normalmente constituído de cerámica, porcelana, o acero, el cual se coloca sobre un calentador; usado para preparar fondue.















(let's have dinner...)





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