miércoles, 24 de noviembre de 2010

Pellerano al 700.





Y Lucrecia, que estaba prácticamente derramándose en palabras, se calló súbitamente, con la mirada perdida y ansiosa.

Su abuelo -sin apartar la vista del parabrisas ni las manos del volante-, le dijo sin rodeos:

-Lucrecita, lo que hiciste... ya vas a ver que está perfecto, y es para bien. Si te dejás dañar, eso te queda para siempre, y te arruinan ese pedacito de vos.-



Acto seguido, Lucrecia murmuró un "Gracias", que pronto repitió con tono claro, aunque algo afectado por el apretado nudo en su garganta. Temía que ese inesperado rapto de lucidez sincera, fuera el primero, profundo, y último de sus vidas. De su vida.


Despreocupado, aunque firme , su abuelo concluyó:

-Vos no tenés la culpa de nada. Además, los de afuera, son de piedra.-


Súbitamente, Lucrecia se sintió mejor que nunca, pese al nudo que pendía entre sus cuerdas vocales. Estaba orgullosa de él, de que su abuelo le hablara así.
También estaba orgullosa de ella; de ser esa nieta de su abuelo.


Y (habiendo arribado a destino), se bajó del auto con un gran consuelo,

un gran recuerdo,

y un gran abuelo.





1 comentario:

  1. Yo tengo uno de esos, por suerte.Es culpable de mis pocas cosas buenas.Es el mejor.

    Aaahhh (suspiro) mi Nono ♥

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