lunes, 24 de enero de 2011

sonata.

No estaban enamorados. Hacían el amor con una prolijidad desesperada y milimétrica; un beso aquí, un calor allá, un soplo donde sea. No, donde sea no: donde fuera. Donde fuera, y adentro también. Más desordenado, más caliente, más frío. Conocían la medida justa de cada uno en el otro. Y cómo, y cuánto, y dónde. Y luego qué. Sabían mezclarse sin fundirse. Sabían fundirse sin mezclar las cosas. No estaban enamorados. Hacían el amor con empática regla, sin medirse. Se enroscaban, sin apretar. Se ataban, sin obligar al otro. Sin invadir. Traspasándose y encontrándose a sí mismos en alguna parte del otro, que no tenía nada suyo. Y vuelta, usaban eso como gancho, como imán para acercarse nuevamente a sí mismos, y recobrar esa parte que había salido en búsqueda ciega. Se despegaban de sus cuerpos, pero no se perdía ninguno: se despegaban y volvían a su propio encuentro otra vez. Ambos hacían lo mismo. No estaban enamorados, hacían el amor inequívoca, virtuosa, coordinada, impúdica, hambrienta, reflexiva y atemporalmente. De forma cuasi perfecta. La más complaciente, la más egoísta. La más humilde. No estaban enamorados. Hacían el amor de forma impensada y utópica. Más luego no eran ni dos extraños, ni uno solo. Ni eran otros, ni eran los mismos. Ni eran el mismo. Eran ellos, atemporales, cada uno. Y cuerdos. Y lo sabían. Y por ello, no hacía falta decir nada. Sabían que el tiempo era eso, lo que no transcurría para ellos, por ser, y no ser, todo aquello.

Porque no estaban enamorados, o al menos eso creían. 
Ojalá lo hubieran estado…

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