viernes, 4 de febrero de 2011

cocinera lasciva.

 
Los cocineros van llegando a sus puestos de trabajo.
Despiertos y tranquilos, idean mentalmente un plan de lo que tendrán que preparar para dejar todo listo para la noche. Planifican, compran, preparan, prueban un poco, y saborean mentalmente lo que vendrá más tarde.
Para cuando arranca el despacho, y va llegando la gente al local, los cocineros ya tienen cada cosa en su lugar, y están listos para recibirla. Ya tienen todo preparado: cantidad, calidad y variedad. O no, y siempre hay uno que está haciendo arreglos a último momento. Siempre hay alguien impuntual. Y la gente está hambrienta.
Una vez que comienza el ajetreo, puede pasar que los cocineros no sepan bien cómo acomodarse. O sí, y se sitúan de cierta manera. Pero tal vez creían que irían bien con tal o cual producto, y resulta que la gente aparece y propone otra cosa. Entonces el cocinero accede, y modifica levemente sus planes. O es osado y cambia completamente su repertorio, sorprendiendo con algo diferente, novedoso, inesperado. Le gusta. Es adrenalínico. Desafiante. Halagador. El cocinero se siente intrépido. Se siente seguro del ritmo con que lleva las cosas. De todas formas no lo está haciendo solo.
Aún así (y sucede seguido), puede pasar que llegue un momento en el que, mientras el cocinero disfruta las corridas por las que está pasando, las cosas vayan subiendo cada vez más de tono, y se empiecen a descontrolar. Llega más gente, algunos se equivocan, surgen cosas imprevistas, aparece el calor extenuante, las piernas un poco cansadas; los brazos que van y vienen. Y allí puede que la adrenalina y el apuro sean tales, que el cocinero se sienta perder el control sobre lo que está haciendo. Pero se deja fluir: sabe que con ofuscarse y tararse no va a lograr nada. Su mente va tan rápido que se desconecta del cuerpo. Sus movimientos son seguros, pero no pensados; es casi instintivo.
Calor, transpiración, corridas, voces fuertes, algún grito, movimientos agitados, gente chocándose, que va y viene, va y viene, va y viene... Y quizás hasta en un momento puntual, el cocinero sienta que no da más, que no va a poder terminar nunca, que la situación no tiene vuelta atrás y no tiene certeza de cómo seguir, tan agotado, sin desbordarse en el camino...

Pero el despacho, en algún momento, termina. Y todo se calma. Y una sonrisa se dibuja en el rostro del cocinero, porque pese a algunas cuestiones que quizá no salieron perfectas, el despacho concluyó exitosamente.
Es entonces cuando el cocinero tiene que juntar y acomodar las cosas que fue dejando desperdigadas por doquier, limpiar un poco, y quizá tomar o comer algo. Todo lo que quiere es darse una ducha y descansar. Aunque también tiene que planificar todo lo que necesitará hacer (y tener listo) para el despacho de mañana.

No sé por qué me resulta tan sexual un despacho de restaurant de sábado por la noche... ay, esta mente que tengo!

1 comentario:

  1. es fantástico el baile de la cocina en horas pico, toda la adrenalina y la presión. la cocina es una profesión de contacto. nadie te está tocando el culo porque tiene ganas a la hora del despacho, pero te lo están tocando. nadie te corre poniendote la mano en las costillas suave y firme porque te quiere tocar, pero te toca.
    mas fantástico es cuando termina. ahi es el momento en que nos toca a nosotros. parar, ver que queda, que nos podemos cocinar.
    abrir una botella de vino, despatarrarse con la casaca abierta y la frente transpirada.
    mirarse.
    como no te va a parecer sexual?

    salú!
    y buena vida...
    f

    ps: comida e pasto
    bebida e agua
    vocé tem fome de qué?
    vocé tem sede de qué?

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