martes, 3 de mayo de 2011

José C. Paz, le decían.

Qué reconfortante es salir a la calle después de muchas horas de trabajo, darse cuenta que no hace EL frío invernal esperado; darse cuenta que llueve copiosamente como lo esperado; sacarse el buzo, abrir el paraguas, empezar a caminar con una sonrisa victoriosa, quizás hasta cantando en voz alta (y/o haciendo caras, muecas, gestos y que te sorprendan*); y no ofuscarse ni al pisar una baldosa con sorpresa!
En estos días pensaba en hablar de la paz que tengo últimamente (creo que sé por culpa de quién viene la mano), pero hoy lo visualizo todo junto. 

Porque, lo mejor, no es la sensación certera de que todo va perfecto.  
Lo increíble, es la sensación radiante de que las cosas no tan copadas que están sucediendo no importan tanto; y que las cosas buenas, aunque no fuesen tantas ni máximas, simplemente alcanzan y nos llenan.

Y eso, no es poco.
 







*N.A.: algo usual en el personaje citado que en realidad no viene al caso

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