lunes, 18 de julio de 2011

150, para Hernán.



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La familia Poeta tiene cuatro integrantes. Carlos Poeta, su esposa Marta, y sus dos hijos: la adolescente Ana de catorce años, y el pequeño Martín de trece meses. Esa noche, durante la cena, Ana olfateó su plato y dijo en verso libre: “Mamá, | este puré huele a mierda, | a muerte en polvo, | a carroña entumecida”. El padre entonces estalló en soneto: “Te he dicho mil veces que te dirijas | a tu madre con rima consonante |¿para qué corno he parido yo a esta hija?” La madre, en romance, quiso templar los ánimos: “Consonante o asonante, | pero que rime hija mía, |sino después a tu padre, | le cae densa la comida”. Ana se fue llorando al cuarto; los demás siguieron en silencio hasta que habló Martín: “Papa enojado | con nena y mama triste, | Martín cacona.” Sus padres lo miraron con los ojos llenos de lágrimas: era el primer haiku del hijo.


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Dice el Hijo: “Somos nueve hermanos. En orden de nacimiento llegamos al mundo así: José, Arturo, Adelaida, Luz, Marco, Jaime, Rosa, Luis y Nicanor. Todos nos llevamos un año. Yo no soy el más grande, y tampoco el más pequeño. Mi nombre tiene cinco letras, una de ellas es la A. Me llevo bien con mis tres hermanas mujeres, pero mi preferida es menor que yo. De mis cinco hermanos varones, dos se dedican al negocio de la construcción, y los otros tres tienen imprenta. José tiene cuarenta años y Nicanor treinta y dos. Según el poeta italiano, estoy en el medio del camino de la vida. Mi edad es impar. Arturo no es imprentero. Mi edad sumada a la edad de Luis dividida por dos, da por resultado la edad de Rosa”. Dice la Madre: “¡Jaime, a comer!”. Prosigue el Hijo: “Mamá es pelotuda, siempre me arruina los acertijos”.


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Desde que estoy sin padre ya no puedo ver partidos, porque el fútbol nunca fue monólogo en mi vida, ni siquiera fanatismo, sino una interminable conversación entre dos hombres. La primera vez que vi un balón fue en el cielo de La Liga, un arquero lo hacía volar al medio de la cancha y pensé que era la luna; yo estaba en sus brazos. Después la charla continuó en las tribunas del Carlos Quinto, en Flandria, en las plateas de la calle Pavón, donde una noche se cortó la luz mientras Central nos paseaba, y sentí su mano. La conversación siguió en los sillones de casa, un parloteo incesante que duró seis Mundiales. Más tarde en los teléfonos, en los chats. Una conversación feliz que duró treinta años. Y ahora, a los cuarenta y tres minutos del segundo tiempo de cualquier partido, comprendo que no va a sonar el teléfono.


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Los dos tendrían que morirse tarde o temprano. Primero uno y después el otro, o a la vez (por ejemplo en un accidente de avión). Los dos tenían un pasado que contarse y que comprender sin imágenes, sólo a través de palabras y de sobreentendidos. Ambos deberían construir un futuro ingobernable. Y presentarse a sus mundos. Y quedar con amigos a cenar. Y hablarse por teléfono desde el trabajo, para combinar en qué esquina, a qué hora, y qué película. Uno de los dos se cansaría primero, uno de los dos mentiría primero, uno de los dos caería en la tentación antes que el otro. Alguien sería el primero en levantar la voz. Alguno se enojaría por primera vez y alguien, antes o después, encontraría más defectos que virtudes en su pareja. Fue por esto, y no por incompatibilidad de caracteres, que no se llamaron después del fin de semana.


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Era un muy buen muchacho, rubio, calladito, que venía siempre a comprar a la noche. Mi marido y yo no somos mucho de dar conversación a esa hora, porque el almacén está que revienta: la gente se acuerda de que le falta algo siempre a última hora. Pero él siempre tenía una palabra amable, nunca parecía apurado. Compraba solamente mortadela, eso sí: ciento cincuenta de mortadela, pedía, y se quedaba mirando la máquina de cortar fiambre. A lo último ni siquiera pedía. ¿Lo de siempre, rubio?, le preguntaba yo. Y él me hacía que sí con la cabeza. Decir que yo no tengo hija, agente, que sinó los emparejaba. Mire qué error hubiera cometido… Pero pasa que era el típico chico que una quiere para yerno. Educadito, buenmozo, con don de gente. Yo no me hubiera imaginado nunca que pudiera ser un violador ese muchacho. ¡Si tenía las uñas impecables!


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Supongamos que alguien descubre, por casualidad o empecinamiento, la solución a las grandes preguntas: qué es la vida, de dónde venimos, a dónde vamos, para qué estamos aquí. Supongamos que las respuestas han estado todo el tiempo frente a las narices de cualquiera: en la interpretación de las nubes, en el dibujo de las huellas dactilares de un niño, en un grano de café. Supongamos que las respuestas halladas dan satisfacción a todos los hombres: a los que razonan y a los que sienten, a los que confían y a los que niegan, a todos. Imaginemos que La Verdad nos ilumina de una vez y para siempre. ¿Qué pasaría entonces? ¿La noticia aparecería en la tapa del Clarín? ¿Deberíamos no ir a trabajar al día siguiente? ¿Los abogados dejarían de lado sus trapicheos? ¿Alguien haría otra película genial? ¿Ella me querría? Si la respuesta es no, la filosofía me amarga.



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Un soldado regresa a pie de una guerra en la que vio morir a sus amigos, en la que casi muere, de la que ahora huye derrotado. El soldado busca el camino a casa pero no lo encuentra; allí lo espera una mujer y los dos hijos. (No conoce al segundo.) El soldado tiene sed, hambre, frío y cagadera. Como solamente puede saciar una de las cuatro urgencias, se baja los pantalones en medio del monte y se desahoga. Justo entonces pasa por allí un soldado del bando contrario que, al ver al enemigo en cuclillas, se queda quieto. El otro también lo ve. Se miran, ambos en guardia, desde las diferentes alturas. El que ganó la guerra busca algo en su morral. El otro piensa: “me matará mientras cago”. El victorioso saca un rollo de papel y, sin decir nada, lo deja en el suelo. Después sigue su camino.


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Un perro puede estar rengo, ronco, ciego, hambriento, descaderado, sordo, encandilado, roto, puede sacar la lengua porque está cansado e inventarse otra para lamerse; puede ser un hotel lleno de parásitos, puede llorar, aullar, desconsolarse, saberse animal y doméstico, puede no tener dios a su perruna imagen y semejanza, ni virgen maría; ni saber la hora, ni saber el año, ni saber si el frío está afuera o en sus huesos, ni saber si aquello que lo pateó es el diablo; puede entender catorce palabras de hombre, y entender que un año para él son siete años y que la muerte llega así más pronto; un perro puede estar mal, horriblemente mal, a punto de morirse, pero igual —si lo llamás con ganas— agarra y viene y te arma fiesta y te mueve la cola y se te queda al lado, por las dudas de que vos estés más triste.



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Cuando una tarotista y un vidente se enamoran, los planetas no saben para dónde orbitar. La luna se tara, el café no produce borra, los pájaros premonitorios se esconden en los nidos, las bolas de cristal tienen estática y las lechuzas prefieren mirar para otro lado. Los amantes buscan en vano señales sobre el futuro, pero los naipes de la tarotista se van al mazo y los artilugios del vidente se descomponen. Ella se pregunta: ¿me engañará algún día? Nadie le responde. Él quiere saber: ¿tendremos hijos? El porvenir no contesta. El amor viaja en una frecuencia distinta a la del presagio, el deseo es un ahora. Un ahora o nunca. Cuando una tarotista y un vidente se enamoran, quedan anclados del presente. Viven juntos. Tienen hijos. Una tarde uno de los dos se cansa del amor y recupera las facultades. Lo primero que ve es al otro, llorando mañana.





Extraído del sitio web de Hernán Casciari, escritor y periodista argentino. Clap clap.




2 comentarios:

  1. excelente.

    excelente.

    gracias por la recomendación.

    salú!
    y buena vida...
    f

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  2. Muy buenos, me re colgué...

    Gracias por la recomendación (:

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