sábado, 26 de enero de 2013

Se hizo camino al andar.


Y durante toda su vida, él se dedicó a hacer feliz a todas las personas de ese barrio, probablemente hasta sin darse cuenta.
Aunque no era nativo de allí, religiosamente velaba por las necesidades de todos sus habitantes.
Se paseaba de tarde en tarde, casa por casa, sin quedarse mucho rato en ninguna. Solía quedarse lo suficiente como para brindar algo de compañía y desahogar una que otra pena. Quizás comerse un bife a la sombra de la parra, en verano, y tomarse un mate cocido calentito con algo de pan, en invierno. Porque siempre le convidaban, faltaba más.
Él jamás pedía cosas, pero era tan ameno y querido por todos, que no salía de casa alguna con la panza vacía y sin que falte invitación para volver cuando quisiera.
Unas veces tomaba mate con las señoras mientras tejían, y mala cara tenía que poner para que no lo usaran de modelo. Tampoco era tan buen mozo, pensaba él. Y ellas entendían, aunque sólo habían estado bromeando.
Otras veces, jugaba bochas en el bar de la esquina. O quizás sólo miraba, porque nunca había entendido ese juego, y aparentemente nadie le había querido explicar.
Como no era celoso, callaba y miraba desde el sector no-fumadores.
Pero había veces en las que desaparecía por un tiempo. Y entonces unos cuantos comenzaban a preocuparse, pensando en que habría perdido los estribos en alguna riña forastera.
Cuando así era, y volvía enmarañado en sus penurias, algún vecino le daba cama, algo de alcohol y nada de preguntas.
Él de a poco se recomponía, y volvía a las andanzas otra vez. Trabajaba de nómade, acompañando a distintos hombres a pescar, a cazar, o a cobrar deudas. Era tranquilo, callado y fiel. Pero el más trabajador, y no faltaba nunca. Probablemente el más apto, al menos, más que muchos otros.
Hasta que, en una de esas, un día, no volvió más.
Enseguida, muchos supusieron que habría perdido el control en sus aventuras, quedándose sin suerte y sin ángel de la guarda.
Sus más queridas, en cambio, prefirieron pensar románticas y optimistas, que aquel pichicho había terminado allí su trabajo, y se había ido a algún otro pueblo donde necesitasen de su compañía, cariño y protección.

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