jueves, 24 de octubre de 2013

Salidas con Frank.


-Las margaritas te ponen mimosa -categorizó Frank.

-No lo sé, quizás. Pero no se trata de eso solamente. ¿Nunca fuiste espontáneo? ¿Impulsivo?
-Sí, casi siempre. Aparezco y desaparezco a voluntad ajena. ¿Eso cuenta?
-No.-dijo ella- Eso es espontaneidad ajena, en tal caso. Suponiendo que siempre dependés de la locura del cerebro de otro.
-Bueno, ¿y vos qué? ¿Vos cuán espontánea sos, a ver?
-Mirá, dame unos... veinte? minutos más, y te juro que voy a tocarle el timbre. Porque estoy a punto. Así como estoy. Digo... a esta hora.
-Definitivamente, -rió Frank- eso sería espontáneo, melancólico y...
- ...Y estúpido -completó ella- pero te juro que, aunque no esté tan segura de querer ir a tocarle timbre, aparece esta corazonada, y no me queda otra más que aprovechar un rapto de valentía. Así, escucho cada vez más fuerte ese deseo, en el silencio que se produjo al aquietarse mi cabeza.
-Claro, silencio en tu cabeza por el alcohol en tu vaso. 
-No, tampoco hubo suficiente. Hablo simplemente de... silencio. Como cuando te vas a dormir y apagas la luz, que todo se aquieta tremendamente. Y allí, te escuchás. O mejor dicho, te oís. Nada más claro... y más incierto.
-Y andá «ya» a su departamento, entonces, y hacele ring!
-Dame un rato nomás, Frank, dame un rato. Total, no tengo apuro; y tampoco hace falta que esté despierto del todo...
-Pero, ¿pensás que va a abrir a esta hora?
-Depende. Si no sabe que soy yo, quizás si. Y si sabe... no sé.
-Yo creo entonces que no deberías ir. ¿El silencio en todo este tiempo no te significa nada? -increpó Frank. Él sabía muy bien cuánto tiempo había pasado. Y ella también, aunque prefería no usar reloj, ni calendario. Semana a semana, mes a mes, año a año, había logrado reducir el tiempo a pequeñas rutinas comestibles; aptas para cualquier espíritu estrangulado.
-El tiempo no significa nada. El tiempo pasa y uno ni se da cuenta, Frank. Pero seguimos siendo los mismos, y si queremos, puede no haber pasado más que un minuto; un minuto en el que simplemente nos distrajimos, y listo -dijo ella mirando hacia otro lado. 

A veces el tiempo es nada más que una espera. Espera por un minuto glorioso en el que uno pretende recuperar el rumbo de su vida. Y a veces, el tiempo es un instante en el que se resume nuestra existencia; un minuto de reloj, durante el cual entendemos nuestros deseos; un minuto en el que uno comprende su destino; un minuto en el que uno se arrepiente, aunque tarde, por algo irreparable; un minuto en el que uno comprende el significado de alguna palabra que repitió toda su vida sin saber qué quería decir, y finalmente halla significado. Un minuto en el que esperamos que el otro nos diga qué hacer, o cómo seguir. O un minuto en el que nosotros debemos marcar el ritmo, y dar un paso hacia el otro, caminar hacia la montaña, por más que asuste. 

Por lo pronto, ella está parada en su puerta, a las 03:25AM, sin animarse a tocar el timbre. Y él, probablemente en un mundo paralelo del otro lado de la puerta, no tenga idea de que hay alguien esperando, alguien decidiendo si recordarle cosas que hasta ese entonces había dejado olvidadas, quizás por fuerza mayor.



El tema es cuántas vidas habrá que esperar, para saber si ella tocó, o no, el timbre.







En la historia de él, quizás nunca pase. 



En el universo de ella,
















































viernes, 11 de octubre de 2013

#arremetimiento













el amor llega sin golpear la puerta 

y



se va sin hacer ruido