viernes, 13 de junio de 2014

Llueve sobre mojado.

La otra vez, me encontraba en la sala de espera de la ginecóloga, cuando casi sin quererlo, me vi reflejada en el vidrio de la pared frente a mi y contemplé asqueada el espectro inflado, poroso e inmanejable que representaba mi cabello. 
"Asco de humedad.", pensé mientras enfocaba el exterior a través de la ventana y contemplaba desilusionada el diluvio que humedecía la tarde. 

Volví a mirar mi reflejo, y siguió sin gustarme lo que ví. "Maldito pelo. Asco, posta.", pensé nuevamente. Y, como queriendo consolarme, miré en derredor para justificarme. Claro, me di cuenta que una a una, todas las mujeres que mi vista iba recorriendo, se encontraban con una situación muy parecida a la mía. 

Empecé a relajarme. Cada una de ellas -todas a su manera según su estilo de cabello, tintura, corte y peinado- se veían en el mismo estado que yo: genuinamente alteradas por las condiciones climáticas, de una manera más que inevitable.

Pero, justo cuando mis ojos terminaban de recorrer el salón, y mientras mi alma de mujercita se sentía cada vez menos fastidiada ("mal de muchas, consuelo de tontas") la encontré a ella.

Ella, sentada en una esquina de la sala, con su pelo corto y lacio, impecable. Ella, con su carré sin frizz, prolijo y perfecto. Ella, con su estilo inalterado, a pesar del tremendo temporal que nos afectaba a todas. Parecía destacarse en un rincón de luz, mientras todas nosotras éramos parte de la plebe meteorológica sumida en la oscuridad. Y con su mirada inexpresiva mientras aguardaba su turno médico, casi parecía no importarle su condición de élite.

Y fue allí que terminó mi calma, mi consuelo. Mi sentimiento de pertenencia al inevitable colectivo femenino; todas unidas en el desastre capilar, todas hermanas en sentimiento y en sufrimiento; menos ella.

Claro, era coreana.




Estos orientales...! No hay caso, nos ganan en todas. Cómo los admiro!

Maldita herencia latina, la mía...



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