viernes, 1 de agosto de 2014

La delicia de jugar en la cornisa.


Hoy recordaba una frase que leí de niña o adolescente, la cual me cautivó desde el instante en que la leí, ya ni recuerdo dónde ni cómo. 

"El amor es una bellísima flor, pero hay que tener el coraje de ir a recogerla al borde del precipicio"

o algo así. 



No sé si será de Stendhal o no, pero ya desde pequeña comprendí la sensualidad del juego. Desde pequeña esa frase me enamoraba. Y quizás gracias a eso, comprendí el fervor del reto, el brillo en la oscuridad... la esperanza del vértigo. O viceversa.

No sé si será morbo o valentía, pero es cierto que, cuanto más cerca del borde, mejor la vista, mejor la recompensa; más vivo uno se siente. Aunque quizás sólo porque considere la muerte como cosa probable, casi visible, casi tangible. 

Se me viene a la mente una estrofa de Hyperballad, de Björk: "(...)imagine what my body would sound like, slamming against those rocks..."

La muerte, el fracaso, el dolor, el desamor. Todas esas cosas se vuelven casi visibles cuando uno se encuentra frente a frente con el precipicio que conforman. Y es que, detrás de cada entrada, hay una salida; detrás de cada vida, hay una muerte esperando; detrás de cada gozo, existe una pérdida. O viceversa. La paridad eterna -y trillada- de luz y oscuridad. 

Esto me genera una duda: ¿disfrutamos las cosas por su lado bueno, o por su lado malo? ¿Realmente disfrutamos lo positivo, o más bien la ausencia de lo negativo?

Te amo, y me completas. Y mañana podría olvidarte para siempre. 
Me enamoras, me abrazas, me apretas. Siento tu aliento tibio, y tu cercanía me eriza la piel. Mañana podrías alejarte, no mirar atrás, no mirarme más.

Será porque mañana no me vas a mirar más, que hoy yo no quiero que dejes de mirarme...

Te amo con mi vida, por mi muerte. Te amo con tu cariño, por tu desamor. 

Te amo con nuestro amor, por nuestro recuerdo.





No hay comentarios:

Publicar un comentario