miércoles, 10 de mayo de 2017

Sobre las intermitencias.


Siempre me encantó hacer los borradores a mano de todo lo que escribo.

La lapicera apurada; las manos manchadas con tinta; la textura del papel y las cicatrices que le quedan; la caligrafía caprichosa e histriónica.


Pero llegó un punto en el que no me alcanzaba la mecánica, digo, lo analógico...

Así que directamente empecé a usar un procesador de texto virtual. Me aportaba la posibilidad de plasmar las ideas, pensamientos y cosas sueltas a una velocidad atroz, casi diría en tiempo real. 
No importaba si las oraciones quedaban incompletas; no importaba si el orden era el adecuado. Todo se podía reacomodar, completar, redondear al instante.

Y sin embargo, hubo un día en el que la computadora dejó de servirme, pese a los claros beneficios de su tecnología.

Las palabras empezaron a quedar cortas; las oraciones merecían miles de aclaraciones; los pensamientos empezaban a requerir títulos, rótulos, asteriscos, paréntesis. Demasiadas comas, puntos, comparaciones, ejemplos, líneas, párrafos. El vacío y brillante blanco de la hoja, quieta, allí el monitor casi parecía una falta de respeto. El enfoque simplemente se alejó de la escritura. El pensamiento se liberó del formato; del soporte físico.

Entonces llegó ese punto en mi vida, en el que dejé de escribir, y empecé a pensar más.

No porque antes no lo hiciera, sino porque empecé a pensar más, todavía. A un ritmo ya casi imposible de bajar en palabras, al menos en tiempo real.

Y eso no significa que me haya dejado de gustar escribir...

Quizás es porque tengo poco poder de síntesis, no sé. Pero hay veces en las que no escribo, porque siento que si lo hago, debería escribir -por lo menos- trescientas o cuatrocientas páginas para dejar algo (más o menos) en claro. O siento que debería escribir tres días seguidos para poder encontrar cómo darle la vuelta, cómo darle forma a todo lo que tengo en la cabeza.



Uno puede pensar que, en este mundo donde ya está todo inventado, donde ya está todo dicho, donde ya está todo revelado, donde ya está todo opinado, donde ya está todo masticado, casi cualquier cosa puede charlarse, comentarse, escribirse... Pero hay cosas que no se pueden decir con palabras. Hay cosas que no se pueden expresar con palabras. Hay cosas que no se llegan a sentir ni escribiendo cuatromilseiscientostreintaycinco caracteres.

Entonces, en esos momentos en los que siento eso, dejo de escribir.


Lo malo es que después se me hace costumbre. Y abandono por largo tiempo. Empiezo a manejar un volumen de información mental tan grande, que se torna cada vez más difícil retomar la escritura donde la había dejado; retomar el hilo de palabras que se asoman a intentar expresar algo (más o menos) parecido a lo que tengo en mente. Se hace un ovillo tan apretado y complejo, que para empezar a desenmarañarlo necesito demasiada concentración y análisis; es casi como empezar a escribir de cero.


No es que no quiera escribir. Es que a veces no existen las palabras para expresar lo que siento.


Pero siempre vuelvo...


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