miércoles, 4 de abril de 2018

Fin de fiesta.



Siempre que termino de leer un libro, siento que queda una sensación rara flotando en el aire.

Después del "ploc!" al cerrar la tapa, el silencio queda cargado con los ecos de la historia; con los ecos de las palabras; de esas voces que escuché (o leí) durante tanto tiempo, y en tantos lugares distintos.


Normalmente leo cosas que me agradan, y las leo en poco tiempo, porque no suelen ser demasiado extensas. Pero pese a eso, las voy masticando de a poquito... en distintos días, horarios, contextos. 


Un libro me cuenta su historia, pero también mi historia se imprime en el libro. Siempre existe algún intercambio; siempre quedan marcas, tanto en mí, como en él. 

Marcas de mí y de mis días; marcas de mis humores; marcas de mi cartera o mochila. Marcas de mi somnolencia por la mañana, de mi cansancio por la tarde, de mi insomnio por la noche. 
Marcas de un banco de plaza, o de un sillón; de un tren o de un subte; de una parada de colectivo; de mi cama; de un escritorio o de una cocina; de una rutina laboral o de unas vacaciones.


Como buen gourmet, me gusta comer un libro de a poquito... saborearlo. Así que, cuando termino, todavía resuenan en mis oídos y a mi alrededor todas las historias que fueron y son contadas, todas las historias suyas, y todas las historias mías.


Es entonces que me lleva un tiempito acostumbrarme a terminarlo. Me queda ese aftertaste, ese sabor en boca; cada momento y sus personajes. Es quizá un momento nostálgico y reflexivo a la vez, algo extrañamente placentero y propio.



En esos casos, y lo mejor, luego de una cena tan especial, es no pedir postre. Como mucho, una buena taza de café.




1 comentario:

  1. y qué terminaste de leer?

    es así, algunos libros se te quedan pegados al paladar, con ese gustito...

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